DE NOCHE IREMOS
- Centurión Romano
- 1 ago
- 4 min de lectura
De noche iremos, de noche, que para encontrar la fuente solo la sed nos alumbra, solo la sed nos alumbra. […] Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche…
De noche iremos, Taizé

No es que siempre nos la hagamos, claro… Pero, cuando aparece y comienza a inquietar, ¿qué hacer con ella?
La pregunta por el “hacia dónde” nos revolotea, seamos o no conscientes de ello. Pero esta no viene sola, ya que al corazón no le basta con intuir un horizonte, sino que necesita saber “cómo” llegar hacia él. Porque no existe un único modo de cumplir nuestros objetivos. En este segundo Puente te invitamos a reflexionar en torno a estas preguntas y sus posibles respuestas. Y, si bien es cierto que no hay una sola meta en nuestra vida, sino que son muchas y se mezclan entre sí, queremos hacer especial énfasis en esas más grandes, aquellas que dan sentido a nuestros pasos cotidianos. Para eso, partiremos de la contemplación de la imagen.
Cuántas veces nos encontramos como el chico de la imagen, sin saber por dónde seguir el camino, en nuestros proyectos más amplios, como el trabajo, los estudios, los vínculos interpersonales… También en lo que implicaría, a simple vista, un compromiso emocional y temporal menor, como un taller o curso, una actividad recreativa, etc.
Son muchos los caminos. Pero, ¿cómo decidir? ¿Cuál es el mejor? ¿Estamos predestinados? ¿En qué basarnos para considerar que una es la mejor de las opciones dejando de lado el resto? Y, además, los criterios para tomar esta decisión, ¿son fijos o pueden ir cambiando a lo largo de nuestras vidas?
Es muy probable que las respuestas a estas preguntas varíen con el correr del tiempo. Quizás nuestro yo del pasado las respondía de una manera. Pero las experiencias hicieron que nuestro yo de hoy elija hacerlo de un modo distinto. No está mal el cambio. Es natural. Lo que sí puede no ser sano es el permanecer aferrados a criterios solo porque nos dan seguridad. Ya no quiero ser duro pero muerto. Prefiero vulnerable pero vivo, expresa Eduardo Meana en su tan popular Declaración de domicilio. También en la misma canción reza: No adoro ideas claras y distintas, dramático y más turbio es nuestro río, parafraseando a René Descartes (1596-1650).
Así, podemos decir que a veces no es tan fácil elegir por dónde. Pero ese no es el problema. El problema es permanecer quieto, duro, muerto.
Para quienes hemos vivido tantos años guiados por “ideas claras y distintas”, herencias familiares, institucionales o sociales, no es fácil seguir luego de que nuestros castillos se derrumben. Entonces hay que mezclar y dar de nuevo. Y ahí, inevitablemente, vuelve a surgir el “hacia dónde”. Muchas veces le he dado vueltas a esta cuestión. Encontré respuestas temporales. Y si tuviera que señalar cuál ha sido el factor común de todas ellas, me animo a decir que es el deseo. El deseo como motor.
No hablo aquí de aquellos deseos más bien inmediatos, como tomar unos mates con facturas, o una cerveza con maníes o un fernet con papas fritas. Estos también son legítimos, claro, y nos alegran. Hago alusión a aquellas opciones que nos estiran el alma, que, de solo pensarlo, se nos dibuja una sonrisa porque sabemos que abrazándolas o persiguiéndolas seríamos felices. Al menos la mayor parte del tiempo. Porque la felicidad no es un punto de llegada, sino un corazón tendido hacia aquello que nos hace cada vez más nosotros mismos. Hace unos años intenté formular algo de todo esto y escribí los siguientes versos:
Nada está escrito.
Solo un profundo deseo
de felicidad, de plenitud
-en lo profundo del corazón-
que nos hace de motor.
Y la vida es un libro enorme
de páginas blancas.
Una de las últimas preguntas que me surgen es: ¿Qué respuesta puede dar a todo esto nuestra fe, nuestra creencia en un Dios que se nos revela cercano y porque cercano amoroso? También aquí se pueden bifurcar los caminos
Personalmente me inclino por hacer coincidir ese deseo profundo de felicidad con su mano, con su obra en mí. No creo en una predestinación, ya que, de ser así, nuestras vidas no serían más que actuaciones de marionetas. Creo que aquel que nos creó, sembró en nuestros corazones el deseo, la sed de plenitud… Y cada paso que damos por saciar esa sed, es un paso hacia Él y hacia nosotros mismos. Ya que, como expresó Ireneo de Lyon (125-202), la gloria de Dios es que el hombre viva. Siendo cada vez más nosotros mismos, siguiendo como podamos los deseos de nuestros corazones, nos estamos acercando y “dando gloria” al Dios que nos creó y nos ama. Siento que con esto coincidiría R. M. Rilke (1875-1926), quien tan hermosamente expresó:
Dios nos habla a cada uno mientras nos crea,
y luego camina con nosotros en silencio, en la
oscuridad de la noche.
Estas son las palabras que oímos vagamente:
Tú, enviado más allá de tu recuerdo, llega a los
límites de tu anhelo…
Creo, finalmente, que este texto podría titularse “Elogio del deseo” o “Elogio de la sed”, tan lo mismo son… Porque gracias a ellos caminamos. Y si caminamos, entonces estamos vivos.
PUENTE | Junio 2025
Lautaro Nicolas Valli



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